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CATEGORIAS: Ciudadanía, Columnas, Trabajo
CLAVES: movilizaciones, sindicalización
Movimiento social: Un plato fuerte sin recetas
“Sin duda Chile cambió y no todos se dieron cuenta de aquello. Algunos siguieron ciegos hasta la revolución pingüina y otros que ni siquiera hoy son capaces de ver en esta primavera chilena un deseo no sólo de transformar la institucionalidad pinochetista y neoliberal, sino también de darle un vuelco al movimiento social”.
Por Cristián Cuevas,
Presidente de la Confederación de Trabajadores del Cobre
Un pedazo de realidad esperanzadora se ha lanzado a la calle en una marcha común y en continuo cambio, conformando un movimiento de mayoría nacional que ha puesto de cabeza al modelo por primera vez en décadas: Diversidad sin quiebre, tolerancia a lo distinto, debate abierto, unidad respetando las autonomías, inventarse y reinventarse, avanzando, rectificando y volviendo a avanzar son los ingredientes de un plato fuerte que se prepara en Chile sin recetas.
Resulta indispensable no sólo llegar a los trabajadores más vulnerados por el modelo para ayudar en su organización y toma de conciencia, sino ir a la resuelta promoción de los liderazgos que emerjan de esas luchas.
Un movimiento que, no obstante contar con el respaldo de la arrolladora mayoría de los chilenos según todas las encuestas, tuvo la decisión y la capacidad de autoconvocarse en un plebiscito ciudadano que a pesar del ninguneo de las autoridades mostró al menos dos fuerzas tremendamente relevantes para lo que viene: Primero, un sorprendente ejército de hombres y mujeres diversos en lo social, en lo político y etario, que fue capaz de darse a la tarea con enorme esfuerzo y responsabilidad, de instalar miles de mesas, urnas, votos hasta en los lugares más recónditos del país. Segundo, capacidad de recuperar la iniciativa y buscar caminos para avanzar luego de la campaña de desinformación y criminalización que el Gobierno ha consolidado como estrategia.
Inmersos en este movimiento, al que nos sumamos con alegría y esperanza de efectivamente avanzar en las transformaciones que Chile requiere, nos enfrentamos al desafío concreto de aportar como movimiento sindical a esta acumulación de fuerzas.
Emprender este camino de cambio con generosidad y sin inhibiciones es lo que le estamos debiendo no sólo a millones de trabajadores no sindicalizados, sino al conjunto del movimiento social.
Pero ¿basta para ello sumarse a las iniciativas, concurrir a las marchas con nuestros emblemas y poner nuestra firma a las convocatorias estudiantiles? ¿Cuál es el aporte real del movimiento sindical a este proceso? Sin duda al revisar nuestras fuerzas no encontramos lo que quisiéramos para arropar con más este movimiento en curso. Nadie puede escandalizarse si citamos que la mayor parte de los trabajadores no está sindicalizado y que esa situación se agudiza si se refiere a los sectores más precarizados, precisamente quienes más decisiva oposición podrían hacer al modelo. Tampoco si afirmamos que muchas de las organizaciones son débiles y su activo real y poder de convocatoria está muy lejos de alcanzar su registro de afiliados.
En ello sin duda han influido décadas de imposiciones estructurales tendientes a excluir a los trabajadores de la participación política y conseguir su atomización, autolimitación e invisibilización, imponiendo lo individual sobre lo colectivo, lo formal sobre lo real, la institución sobre el movimiento, lo adjetivo sobre lo sustantivo.
Sin embargo, no tenemos derecho a que ese autodiagnóstico nos inmovilice y nos obligamos a perder el temor a transformarnos en pleno movimiento. Aunque ello signifique cambios de rostros, de nombres, de formas que alguna vez se probaron eficientes y que ya no lo son, de malas prácticas que de tanto ejercitarse se mostraron triviales.
Sin duda Chile cambió y no todos se dieron cuenta de aquello, antes de que les reventaran en la cara las huelgas de los trabajadores precarizados del cobre, de la industria forestal y salmonera. Algunos siguieron ciegos hasta la revolución pingüina y otros que ni siquiera hoy son capaces de ver en la letra chica de esta primavera chilena un deseo no sólo de transformar la institucionalidad pinochetista y neoliberal, sino también de darle un vuelco al movimiento social y darle sus propios códigos, estéticas, formas y por cierto, una saludable vocación de poder.
En ese proceso, resulta indispensable no sólo llegar a los trabajadores más vulnerados por el modelo para ayudar en su organización y toma de conciencia, sino ir a la resuelta promoción de los liderazgos que emerjan de esas luchas, abrir paso a la incorporación de jóvenes, mujeres, trabajadores desregulados, en cuanto son precisamente ellos quienes sufren la más cruda violencia del modelo.
Aquí se inscribe por ejemplo, la democratización de la representación por género en el sindicalismo, cuyo objetivo es trasformar la estructura sindical y permitir la participación de la mujer en todos los espacios de poder y decisión.
Y se inscribe también el poner sobre la individualidad lo colectivo, el debate abierto de las ideas y propuestas, la participación en los ámbitos de ejercicio de poder y decisión, la pluralidad y tolerancia, el respeto y valoración de la diferencia y por supuesto la transformación continúa como un valor democrático.
Emprender este camino de cambio con generosidad y sin inhibiciones es lo que le estamos debiendo no sólo a millones de trabajadores no sindicalizados, sino al conjunto del movimiento social que recorre Chile.
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