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CATEGORIAS: Columnas, Desarrollo urbano
CLAVES: movilizaciones
La ciudad en la democracia de las movilzaciones
Foto: Fernando Ramírez
“La nueva efervescencia mundial de movilización social requiere una ciudad con nuevos espacios de disenso.
El intelecto urbano colectivo, junto con revisitar las ideas de derecho a la ciudad o sostenibilidad, debe concentrarse en estos desafíos”.
Por Camila Cociña Varas, Arquietcta. Socia y directora de ONG Reconstruye.
El lunes recién pasado el ex encargado nacional de los planes urbanos de reconstrucción y actual decano de la Facultad de arquitectura de la Universidad del Desarrollo, Pablo Allard, publicó un artículo en La Tercera titulado Las grandes alamedas. En el texto presentaba una preocupación legítima de quienes trabajamos en el mundo del diseño y la ciudad: el rol que juega el espacio público en la explosión ciudadana de los últimos meses, cuya expresión máxima se ha dado en el uso de calles y parques por parte del movimiento estudiantil.
Quienes fueron llamados como “violentistas” por Piñera son más bien de ciudadanos buscando espacios para un desacuerdo efectivo y, con esto, una democracia y política real.
Se trata de una preocupación legítima de Pablo Allard, pero con conclusiones de una liviandad escalofriante que vale la pena revisar aunque sea brevemente. Y dado que su reflexión está hecha desde el mundo de las ideas (al que volvió luego de su paso por el rudo mundo del Gobierno), esta revisión será hecha desde ese mismo plano.
Partiendo por distinguir entre las “buenas” y las “malas” manifestaciones ciudadanas públicas, Allard concluye diciendo: “Tenemos que repensar el espacio cívico como un lugar que propicie las manifestaciones positivas, de alto carácter ciudadano y desincentive naturalmente los desmanes”. En síntesis, construir espacios públicos que fomenten las “buenas” manifestaciones, pero no las “malas”, o más bien para que las segundas (definidas como “malas” generalmente por el criterio policial) puedan ser eficientemente disueltas.
Esta reflexión que podría parecer de todo sentido común, pero en ella hay ocultas una serie de juicios sobre lo que debe ser una democracia efectiva y los espacios y modos en que ésta debe ocurrir.
La noción de Rancière (1998) de la política es caracterizada en términos de división, conflicto y polémica. Esta idea no se basa en el entendido de la división de manera dual y polar (como la entiende en su reciente carta el alcalde Labbé al citar a este autor), donde sólo puede significar violencia y parálisis ante la acción, ni menos reduciendo la idea de conflicto a vandalismo como lo hace en Allard.
Más radicalmente, Hallward (2005) plantea: “La preocupación de la democracia no está en la formulación de acuerdos o la preservación del orden, sino en la invención de nuevos y hasta ahora no autorizados modos de desagregación, desacuerdo y desorden”. La democracia y la política serían por lo tanto espacio para el desacuerdo y la discusión, como el único camino posible para avanzar socialmente.
Erik Swyngedouw (2011), en su libro Designing the Post-Political City and the Insurgent Polis plantea que estamos viviendo en un mundo en que impera el “consenso post-político”, e incluso una “post-democracia”, contexto en que no existiría una democracia ni una política efectiva en los términos de desencuentro planteados anteriormente. Tanto la post-democracia como la post-política es manejada por una élite que, cómoda en consensos que la beneficia indistinguidamente, rehúsa los espacios de desencuentro. En Chile esto se manifiesta especialmente en el consenso neoliberal que redunda en lo que el mismo autor llama post-socialismo.
Este consenso ficticio construido desde las elites, sería según e mismo autor el motor de las masivas movilizaciones de descontento que se están dando en el mundo. Quienes fueron llamados como “violentistas” por Piñera son más bien de ciudadanos buscando espacios para un desacuerdo efectivo y, con esto, una democracia y política real.
Ahora, el rol de la ciudad en este contexto, en esta ciudad post-política, sería justamente el de crear espacios para ese disenso efectivo. Si los grandes proyectos urbanos desde los noventas en adelante se dedicaron a consolidar la idea de “markenting urbano” bajo la post-política de consenso neoliberal, el desafío hoy por hoy es reencontrar los espacios de encuentro entre ideas heterogéneas. La nueva efervescencia mundial de movilización social requiere una ciudad con nuevos espacios de disenso.
El intelecto urbano colectivo, junto con revisitar las ideas de derecho a la ciudad o sostenibilidad, debe concentrarse en estos desafíos, o como Swyngedouw llama tener el coraje de “pensar a través de un diseño de y para espacios de disenso y polémica. La ciudad como un espacio para acomodar diferencias”.
En contraste con estas nociones, Allard simplifica todo llamando a fomentar acciones positivas como bailar y jugar a la ronda en la calle (“buenas” manifestaciones), donde el disenso (“malas” manifestaciones) sólo es atendido con control y violencia institucional. Un disenso que debiese ser entendido no en términos de violencia, sino como el único espacio posible para responder a lo que Peet y Hartwick llaman una democracia que “está dañada por la forma social tomada por la modernidad-capitalista, como un sistema de clase patriarcal, un tipo de sociedad operada por los intereses de una elite-masculina, basada en el afán de lucro, con exclusión de casi todo lo demás”.
Referencias
Swyngedouw, Erik. Designing the Post-Political City and the Insurgent Polis. Bedford Press, London, 2011.
Rancière, Jacques. Disagreement. Minneapolis: University of Minnesota Press, 1998.
Hallward, Peter. “Jacques Rancière and the Subversion of Mastery”. Paragraph 28 (1), 2005.
Peet, Richard and Elaine Hartwick. Theories of Development: Contenrions, arguments, alternatives. Guilford Press, New York, 2009.
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Excelente !! vamos por una ciudad mas real y menos idílica: la apropiación del espacio publico es la que le da sentido a su existencia. Saludos !!
- 30 Septiembre, 2011 en 22:31
Un gran tema que debemos pelear en nuestro país.
- 1 Octubre, 2011 en 13:27
Gran columna y gran tema. Con respecto a los lugares planificados para la Revolución, célebre es el texto de Sennet (Carne y Piedra) que, fraseando en los términos de Camila, podría resumirse en que el disenso sucede en los espacios friccionados y no en los vacíos, que serían apaciguadores. El parque urbano (me perdonan lo monotemática, ¿ok?) fue usado inicialmente en Londres para erradicar las ideas socialistas con el jardín como natural antídoto, por lo que Allard no estaría muy lejos del reformismo paternalista de siglo XIX, y de la ciudad de los comportamientos regulados. ¿Cual sería la forma de los espacios planificados para el disenso sin que sean bálsamos aplacadores? En la propia figuración de Allende sobre las anchas alamedas, el pueblo avanzaba mancebo, en un dócil epílogo de la lucha de clase.
- 2 Octubre, 2011 en 21:00
Me parece buena la columna y el tema que plantea. Sin embargo, quisiera introducir otra variable que generalmente no es abordada con propiedad por los arquitectos: la dimensión simbólica de los espacios. En palabras simples, creo que pretender diseñar o planificar espacios con algún tipo de intención de fomentar o reprimir las manifestaciones ciudadanas (o sociales) es un ejercicio altamente estéril. Si los estudiantes siempre buscan marchar por el tramo Plaza Italia-Alameda-Barrio Cívico, es porque se busca la visibilidad del movimiento en el espacio más republicano de la ciudad. Antes de la dictadura, las marchas se hacían en el eje Bulnes. Las causas políticas suelen juntar firmas en Ahumada con Huérfanos (mismo lugar que suele poblarse de debates políticos entre ciudadanos, de manera más o menos espontánea, en épocas de elecciones). Ninguno de estos lugares fueron diseñados necesariamente para fomentar o reprimir actos políticos masivos o pequeños; simplemente las cosas ocurren ahí "porque sí" (es decir, por miles de motivos azarosos, espontáneos o inesperados). De ahí lo improbable o estéril que resulte el diseño urbano con esa clase de objetivos. Obviamente, ello no obsta a que estos temas puedan ser materia de estudio de arquitectos y sociólogos. Bajo la categoría democrática de espacios que plantea la columna, tal vez podrían entrar diversos tipos de lugares o "no-lugares": desde la intersección de dos peatonales céntricas, un paradero de buses en el barrio alto (por donde el transantiago no pasa con la frecuencia esperada) hasta la Plaza Italia. Incluso en algunos sentidos algunos Malls serían espacios de encuentro extremadamente democráticos, recomendables son los casos del Plaza Vespucio y Apumanque, donde claramente el diseño y objetivo de estos lugares no contemplaban necesariamente el encuentro ciudadano ni acoger la diversidad o cosas parecidas. En mi opinión el "espacio de roce" está en quien usa y significa tales espacios, más que en su morfología espacial o el rol que pueda pretender el planificador, acotando su rol a simplemente diseñar o planificar los mejores espacios posibles y estar atentos a lo que la ciudad podría demandar de tales lugares.Saludos y felicitaciones por el sitio web.
- 5 Octubre, 2011 en 02:17
Excelente columna.Lúcida, inteligente, tolerante, integradora. Sitúa los elementos y los coloca en relación. A divulgar estas lecturas.- !
- 6 Octubre, 2011 en 21:31